Las armas no dan seguridad. Las armas, al contrario, nos destruyen: Francisco de Roux, SJ

La primera vez que conversé con Francisco de Roux fue en 2020, en medio de la pandemia. Buscábamos entonces un mensaje para las juventudes indignadas de Colombia, que salían a las calles cargando preguntas, incertidumbres y profundas inconformidades frente al país que habitaban. De aquella conversación quedó una frase que terminó convirtiéndose en el título de la entrevista y que, con los años, ha seguido resonando en mi memoria: “Vamos a declararle la verdad a la guerra”.

No era una frase menor viniendo de quien la pronunciaba. Sacerdote jesuita, economista, filósofo, constructor de paz y presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, Francisco de Roux ha dedicado buena parte de su vida a acompañar comunidades campesinas, víctimas del conflicto armado, procesos de reconciliación y búsquedas colectivas de justicia social en Colombia. Durante décadas ha recorrido territorios atravesados por la violencia, pero también por la esperanza, insistiendo en una idea sencilla y profunda: ningún país puede construirse sobre la exclusión, el odio o la guerra.

Por eso, en medio de una nueva coyuntura electoral marcada por la polarización, los temores y los discursos de confrontación, decidimos buscarlo nuevamente. Queríamos pedirle un mensaje para Colombia. Un mensaje que invitara al discernimiento, a pensar en conciencia, a no dejarse arrastrar por el miedo ni por las narrativas que convierten al adversario en enemigo. La respuesta llegó con la misma disposición que lo ha caracterizado durante años. Acordamos realizar la conversación a las siete de la noche y, cuando llegó la hora, el padre nos llamó para pedirnos unos minutos más mientras concluía otro compromiso. Poco después ingresó a la reunión, con una sonrisa, agradeció el espacio y se dispuso a conversar con la serenidad de quien escucha antes de hablar.

La entrevista fue conducida por Jeisson, integrante de La Poderosa Colombia, asamblea nacional del movimiento popular latinoamericano nacido en Argentina y que hoy desarrolla trabajo comunitario en sectores populares de Bogotá y Soacha. Desde procesos de organización barrial, comunicación popular y acompañamiento a comunidades históricamente excluidas, La Poderosa ha promovido espacios de participación y construcción colectiva en distintos territorios de América Latina.

Lo que sigue es una transcripción editada y depurada de ese diálogo, realizada con el propósito de conservar fielmente el contexto de la conversación y el sentido de las reflexiones compartidas por el padre Francisco de Roux, SJ.

La Poderosa: Desde La Poderosa, una organización popular presente en distintos países de América Latina y con trabajo comunitario en sectores populares de Bogotá y Soacha, hemos venido reflexionando sobre el papel de la fe, la solidaridad y el compromiso con los más vulnerables, inspirados también en referentes como Camilo Torres y su llamado al amor eficaz. En medio de la coyuntura que vive Colombia, marcada por una profunda polarización y por las reflexiones que han promovido la Iglesia Católica y el papa León XIV alrededor de la paz y la reconciliación, quisiéramos comenzar preguntándole: como sacerdote, ¿qué piensa del momento que está viviendo el país?

Francisco de Roux: Antes de responder, quisiera retomar algo de lo que acabas de plantear, Jeisson, y compartir un sentimiento de profundo dolor. Esta campaña ha puesto en evidencia que Colombia sigue atravesada por una ruptura muy profunda y que, a pesar de tantos años de lucha por la paz, de tantas víctimas y de tanto dolor acumulado, aún no hemos logrado construir plenamente la reconciliación nacional ni el encuentro entre nosotros.

Quiero decirlo con toda claridad porque la misma campaña, que ha tenido elementos muy duros y agresivos desde distintos sectores, nos muestra que todavía no hemos encontrado el camino. Lo digo como católico y como cristiano, impactado desde joven por haber conocido a Camilo Torres en las calles de Bogotá en 1965, cuando impulsaba el Frente Unido y movilizaba profundamente al país. Lamentablemente, al final de ese año tomó la decisión de irse a la guerrilla con la ilusión de que ello produciría una insurrección nacional. La historia mostró otra cosa. Camilo estuvo apenas tres meses en la guerrilla antes de ser asesinado. Y quiero decirlo: Camilo no era un guerrillero. Pero no es ese el punto central de esta conversación.

Lo importante es el legado que dejó. Yo estaba entonces comenzando mis estudios de filosofía y recuerdo que aquella decisión de un compañero sacerdote que entregó su vida por sus convicciones me llevó a reflexionar profundamente sobre un mensaje que Camilo expresó con claridad durante toda su vida: si realmente queremos seguir a Jesús y hablar de Jesús, tenemos que estar dispuestos a trabajar de todo corazón para que la mesa de la creación, la mesa que Dios nos ha dado, sea una mesa donde todos tengan lugar y nadie quede excluido.

Si no estamos trabajando por eso y simplemente hablamos de Jesús, es mejor guardar silencio, porque nadie entenderá de quién estamos hablando. Jesús invitaba permanentemente a compartir el mismo pan, a participar juntos de la misma fiesta, a reconocernos como hermanos y hermanas.

Desde entonces he vivido entre barrios populares y comunidades campesinas, he acompañado procesos de paz y he tenido la oportunidad de conocer profundamente la sabiduría de nuestro pueblo, su pasión por la vida y también su inmenso sufrimiento. He conocido igualmente los esfuerzos de distintos sectores por desarrollar el país y fortalecer sus instituciones. Sin embargo, la realidad sigue siendo dolorosa: Colombia continúa siendo un país marcado por profundas violencias y enormes inequidades. Y eso no podemos ignorarlo.

En este momento electoral debemos reconocer con honestidad esa realidad e invitar al discernimiento. En los días que quedan antes de las elecciones, quisiera invitar a los seguidores de Jesús a tomar distancia, aunque sea por un momento, de la presión de las redes sociales, de los algoritmos, de las cadenas de información y de las presiones de los grupos a los que pertenecemos. Necesitamos preguntarnos con sinceridad quiénes son las personas que aspiran a conducir el destino de Colombia y, en soledad, con responsabilidad y de todo corazón, decidir qué consideramos mejor para el país. El voto es quizás el ejercicio ciudadano de responsabilidad personal más profundo que tenemos.

Por eso quisiera invitar a todos a discernir en conciencia, es decir, delante de Dios, qué es lo que vamos a hacer.

La Poderosa: Usted ha insistido en la importancia del discernimiento, especialmente en medio de una campaña atravesada por la polarización, los miedos y las tensiones que vive el país. Pensando en el escenario posterior a las elecciones y en los desafíos que enfrentará Colombia como sociedad, ¿qué considera que se juega el país a nivel espiritual?

Francisco de Roux: Situémonos en el próximo domingo, cuando ya se conozca quién será el nuevo presidente de Colombia. Creo que lo primero que está en juego es que tengamos la grandeza democrática de aceptar que la persona elegida será el presidente de todos los colombianos. Si uno participa en una elección democrática, acepta de antemano que quien gana, gana.

Por supuesto, después vendrán los debates sobre si hubo fraude, si hubo compra de votos o distintas irregularidades. Nuestro sistema electoral tiene fragilidades, pero también es un sistema ampliamente respetado. No creo que vaya a producirse un fraude generalizado que altere el resultado de manera decisiva. Lo que sí creo es que muchas personas han sido sometidas a presiones, manipulaciones y campañas de miedo. Sin embargo, habrá un resultado y debemos estar dispuestos a reconocerlo.

A partir de ese momento, todos tenemos que asumir una actitud de trabajo por la reconciliación de los colombianos. Quienes hemos trabajado por la equidad, por los derechos humanos, por la paz, por la verdad y por la protección de los mecanismos de justicia transicional debemos mantener ese compromiso sin importar quién resulte elegido.

También debemos seguir defendiendo una idea fundamental: que la seguridad no puede basarse en los fusiles, sino en la confianza colectiva, en la tranquilidad de la vida para todos y en la unión de las comunidades. Si el gobierno elegido favorece estos propósitos, tendremos que fortalecerlos. Y si se opone a ellos, tendremos que defenderlos sin miedo y con determinación.

Por eso considero que sería un error dejarnos llevar por el desánimo, el miedo o el pánico. La apuesta central debe seguir siendo la reconciliación. Ese ha sido uno de los llamados más importantes de la Conferencia Episcopal y, a mi juicio, también uno de los llamados más profundos del Evangelio.

Jesús nos invita a amar a nuestros enemigos, a hacer el bien a quienes nos hacen daño, a perdonar a quienes nos ofenden y a orar por quienes nos persiguen. En este momento debemos asumir esa invitación con toda seriedad.

Estoy convencido de que necesitamos recoger también el legado de miles de personas inspiradas por el Evangelio que nunca apostaron por la guerra. En la Comisión de la Verdad identificamos a más de cuatro mil líderes y lideresas que rechazaron la violencia, viniera de donde viniera, y que entregaron su vida acompañando a las comunidades para construir un país más justo. Muchos de ellos fueron asesinados precisamente por defender esa convicción. Ellos comprendieron algo fundamental: la paz solo puede construirse sobre la confianza entre las personas. Donde hay odio debemos sembrar amor; donde hay desconfianza, confianza; donde hay desesperanza, esperanza. Ese sigue siendo uno de los grandes desafíos de Colombia.

Por eso invitaría a que activemos en nosotros la decisión de ser trabajadores de la reconciliación. No podemos responder a los resultados electorales incentivando nuevas rupturas o profundizando los enfrentamientos. Al contrario, debemos reconocer el dolor que vive el país, comprender que seguimos siendo una sociedad profundamente fracturada y comprometernos a seguir trabajando por los pobres, por las comunidades, por la paz, por la vida y por el cuidado de la creación.

Necesitamos promover acuerdos, tender puentes y fortalecer la confianza. No podemos sentirnos derrotados, cualquiera que sea el resultado. Los acontecimientos de la historia también nos interpelan y nos desafían. Lo que ocurra en las elecciones no debe interpretarse como el triunfo definitivo de unos sobre otros, ni como una derrota del Reino de Dios, sino como un nuevo desafío que debemos asumir con responsabilidad, esperanza y compromiso.

La Poderosa: A lo largo de esta conversación ha insistido en la necesidad de dejar atrás el miedo, trabajar por la reconciliación y construir caminos de encuentro en medio de un país profundamente fragmentado por la violencia. Pensando especialmente en las nuevas generaciones y en el legado que dejó Camilo Torres, ¿cuál sería hoy el llamado del cristianismo al pueblo colombiano?

Francisco de Roux: Mi invitación es a comprender que este país no puede construirlo solo ningún presidente, ningún partido político ni ningún grupo de ciudadanos. Colombia la construimos entre todos y todas, aceptando nuestras diferencias y reconociendo la riqueza de nuestra diversidad. Si no aprendemos a hacerlo juntos, no habrá un futuro tranquilo para nadie.

Eso implica que todos sean incluidos, que todos sean respetados y que todos podamos sentarnos en la misma mesa. No significa que todos vayamos a tener exactamente las mismas condiciones materiales, pero sí que la dignidad humana y el respeto por cada persona sean algo verdaderamente sagrado entre nosotros. Para lograrlo todavía hay muchas cosas que deben cambiar, pero tenemos que asumir esa determinación.

También quisiera insistir en algo que preocupa a muchas personas: el temor de que la violencia vuelva a intensificarse después de las elecciones. Si algo aprendimos en la Comisión de la Verdad es que la guerra no nos dejó nada.

Durante décadas hubo quienes pensaron que mediante las armas podrían transformar el país, tomar el poder, realizar reformas estructurales y construir una sociedad más justa. Pero la guerra demostró que ninguno de los problemas que pretendía resolver pudo solucionarse por ese camino. Las transformaciones prometidas nunca llegaron y, después de más de sesenta años de conflicto, muchas cosas quedaron peor.

Tampoco el Estado logró alcanzar la seguridad mediante la guerra. En lugar de resolver los conflictos de fondo, la confrontación terminó prolongándose y degradándose. ¿Y qué aprendimos después de tantos años? Que todo lo que la guerra tocó lo dañó. Dañó a la guerrilla, dañó al Estado, dañó a las instituciones y dañó profundamente a las comunidades.

Las guerras prolongadas se degradan. Lo vimos en las masacres, los secuestros, las desapariciones, el reclutamiento de niños y niñas, los desplazamientos forzados y tantas otras formas de sufrimiento. Colombia aprendió esa lección con un dolor inmenso. Tenemos cerca de diez millones de víctimas y debemos comprender de todo corazón lo que eso significa.

Por eso Colombia tiene algo muy importante que decirle al mundo: las armas no producen seguridad. Las armas terminan destruyéndonos. La verdadera seguridad nace de la confianza colectiva, de la capacidad de una sociedad para creer en sí misma, para reconocer su diversidad y construir proyectos comunes.

En ese sentido, creo que Camilo Torres tendría mucho que decirle al país de hoy. Camilo era un hombre de las mayorías y de los encuentros. Muchos jóvenes quizá no alcanzan a imaginar lo que significó el Frente Unido. Allí coincidieron sectores políticos muy distintos, incluso profundamente diferentes entre sí, porque existía la convicción de que era necesario construir puntos de encuentro para transformar la realidad nacional. Estoy convencido de que, si Camilo viviera hoy, comprendería rápidamente algo que millones de colombianos vienen diciendo desde hace años: que es hora de detener la guerra, venga de donde venga, y de construir una reconciliación nacional.

Pero no cualquier reconciliación. Una reconciliación basada en la justicia, en la verdad, en el respeto por los derechos humanos, en la participación de todos y en la convicción de que la mesa del país debe estar abierta para todas las personas.

Ese sería mi llamado al pueblo colombiano: no dejarse seducir nuevamente por la lógica de la guerra, creer en la fuerza de la reconciliación y asumir la tarea de construir juntos un país donde todos tengan un lugar digno.

Estas son mis palabras. Tengo que dejarlos, pero les agradezco inmensamente la invitación. Espero que este esfuerzo que ustedes realizan, conectando a Colombia con otros pueblos de América Latina, nos ayude a seguir construyendo, desde el mensaje de Jesús, aquello que el Señor quiere para nosotros.

El padre Francisco de Roux se despide porque otro compromiso lo espera. Lo hace de la misma manera en que comenzó la conversación: con serenidad, con gratitud y con una sonrisa en su rostro. Agradece el espacio, envía un abrazo y reitera la importancia de seguir construyendo puentes allí donde otros insisten en levantar barreras. La llamada termina, pero quedan resonando sus palabras.

Mientras se cierra la llamada, resulta inevitable recordar aquella conversación de 2020, en plena pandemia, cuando una frase suya terminó convirtiéndose en el título de una entrevista: “vamos a declararle la verdad a la guerra”. Años después, en un país que sigue buscando caminos para encontrarse consigo mismo, sus reflexiones vuelven a insistir en el discernimiento, la reconciliación y la responsabilidad colectiva de construir futuro.

Entre las muchas ideas que deja esta conversación hay una que permanece resonando con especial fuerza. Quizás porque nace de la experiencia de quien ha escuchado durante décadas el dolor de las víctimas, ha acompañado procesos de paz y ha dedicado su vida a buscar la reconciliación de Colombia. En palabras del propio Francisco de Roux: “Las armas no dan seguridad. Las armas, al contrario, nos destruyen”.

La fotografía que acompaña esta nota fue tomada durante aquella entrevista de 2020. Tal vez por eso también resulta apropiada para acompañar estas palabras. Porque, aunque el país, las circunstancias y las preguntas hayan cambiado, permanece intacta la convicción de un hombre que ha dedicado su vida a recordarnos que la paz sigue siendo una tarea posible y necesaria.

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