La memoria histórica de Rafael Uribe Uribe, mantiene viva la identidad territorial del sur oriente de Bogotá. Un hecho estrepitoso y violento que marcó la historia y nos hace saber que a hoy, la lucha por la soberanía del territorio y del alimento, sigue viva. El 30 de septiembre de 1985, jóvenes, mujeres y hombres valientes, conscientes de lo injusto, con sus manos enraizadas en las causas sociales, recuperaron un camión que transportaba leche con la intención de llevarla al barrio y compartir su carga entre quienes más lo necesitaran. Este acto intrépido fue cuestionado y criminalizado por las fuerzas estatales, quienes persiguieron, capturaron y asesinaron a sangre fría a todas estas personas.
Eran jóvenes de la periferia de una ciudad de escasas oportunidades y convencidos de sus ideas. Siempre les acompañaron muchas preguntas sobre la injusticia y la distribución desigual de la riqueza, ¿cómo es que el alza en el precio de este insumo vital, la leche, podía afectar tanto a los habitantes del territorio?, ¿cómo es que existe en el país de la diversidad y abundancia alimentaria, hogares que se acuestan con hambre?.
Nombrarlos es traerlos de nuevo a la vida, a la memoria colectiva: Carlos Fonseca, Arturo Ribón, Yolanda Guzmán, Martín Quintero, Luis Antonio Huertas, Isabel Cristina Muñoz, José Alberto Aguirre, Jesús Fernando Fajardo, Francisca Irene Rodríguez, Javier Bejarano, José Alfonso Porras y a Hernando Cruz Herrera. Recordarlos es resistir al olvido para construir un territorio en el que las juventudes puedan vivir en dignidad.
La estigmatización de la lucha civil y comunitaria, ha puesto en riesgo a quienes organizan su rabia digna. El relato señalador de la diferencia de pensamiento, ha instalado en nuestra sociedad una visión antagónica de quienes se levantan contra la injusticia y esto ha tenido resultados claros y violentos, muy violentos: el asesinato de múltiples candidatos a la presidencia, que en sus discursos reivindican al pueblo; las múltiples masacres auspiciadas por fuerzas estatales y paraestales; la persecución a la movilización social; los miles y miles de asesinatos extrajudiciales con la complicidad grupos al margen de la ley; y todos los que no hemos mencionamos aquí, porque no es nuestra intención enumerar, sino recordarnos que tejer la memoria colectiva del territorio es una forma de resistir a la ignominia del olvido y disputar el sentido de la historia.
Quieres mueren defendiendo la vida no pueden llamarse muertos. El sábado 18 de abril, en el Centro de Desarrollo Comunitario – CEDECO (en Palermo Sur), en el marco de la jornada “Ecologiando la memoria” se inauguró un mural que conmemora estas vidas arrebatadas, como parte de un proceso comunitario de memoria y construcción de paz impulsado por las Hermanas Apostolinas quienes están en este territorio desde 1972. Entre habitantes de la localidad y de afuera, amigos/as y familiares de las víctimas, se respiró un ambiente conmovido por la ausencia y se reconoció que el dolor siempre estará, que somos un país de múltiples heridas abiertas y que debemos asumirlo para reconstruir nuestra propia historia. De la jornada quedó una gran invitación: debemos juntar nuestras fuerzas para resistir en nuestro territorio, lograr la paz y la dignidad de la vida.
La vida, que es vida hasta morirse, sigue latiendo con mucha fuerza en estas comunidades. Como decía Pedro Casaldáliga: “Al final de la vida me preguntarán si has vivido y amado, y yo simplemente abriré el corazón”.


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