Vivimos una época marcada por el ruido. Un ruido que no solo se oye, sino que se siente: en las calles, en las casas, en las redes, incluso en los silencios incómodos entre amigos o familiares que ya no se hablan por diferencias políticas. Vivimos un momento político y social marcado por la tensión, la desconfianza y la fragmentación. Las palabras, lejos de acercarnos, nos separan. La polarización no es nueva, pero ha alcanzado un nivel de tensión que lastima vínculos cotidianos, que impide pensar colectivamente, que pone la democracia al borde del grito. Y en ese ambiente, la posibilidad de construir acuerdos se reduce a cenizas.
Veo con preocupación el estado actual del debate público en Colombia. No solo por los hechos recientes que han reactivado las tensiones políticas, sino porque siento que estamos perdiendo la capacidad de escucharnos. A veces me pregunto si todavía somos capaces de hablar entre diferentes sin destruirnos en el intento; y pasa en las relaciones publicas de las personas que ostentan —u ostentaron— cargos de representación, y pasa en las relaciones de las personas de a pie.
En ese contexto, la desinformación fluye con fuerza. No se trata solo de noticias falsas, sino de una arquitectura de creencias que se construye a partir de algoritmos, medios segmentados y el éxtasis por la validación constante de lo que ya pensamos. Nos hablamos entre nosotros, pero no con los otros. Leemos, oímos y compartimos solo aquello que reafirma nuestra visión del mundo. Y hoy, más que nunca, parece que el miedo —a perder, a ceder, a escuchar— es quien manda la parada. Nos vendamos los ojos frente a lo complejo, preferimos el placer informativo de tener la razón, y con ello evitamos el ejercicio más difícil pero más necesario en democracia: ponernos en el lugar del otro.
Todos opinamos, todos compartimos, todos corregimos a los demás sin revisar lo propio. Y así, terminamos encerrados en burbujas donde solo recibimos aquello que confirma lo que ya pensamos. Como se señaló alguna vez, en la interpretación del pensamiento de Edgar Morin “el que no se contradice, no ha entendido nada de la complejidad del mundo”. Pero pareciera que ya no tenemos espacio para la contradicción, para la duda, para el matiz. Solo para la certeza y el juicio inmediato.
En esta lógica, no hay ganadores reales. Porque mientras más radicalizamos el discurso, más se fragmenta la posibilidad de construir país. La violencia que más duele hoy pareciera que no es la física, sino la simbólica: esa que se cuela en los adjetivos con los que desacreditamos, en los memes que ridiculizan, en las palabras que deshumanizan. No me refiero únicamente a la agresividad verbal, sino al deterioro profundo del lenguaje público. Usamos las palabras para descalificar, para herir, para anular. Y eso también es violencia. Es una violencia que se vuelve normal, que se repite, que se justifica en nombre de una causa política o de una verdad que creemos absoluta. No hay reconciliación posible si no recuperamos un lenguaje que nos devuelva humanidad, incluso cuando estemos en desacuerdo. Como dijo Hannah Arendt, “el perdón es la clave para la acción y la libertad”, pero el perdón sin memoria, sin reparación, no es más que una coartada para seguir adelante sin cambiar nada.
En ese marco, creo firmemente que la participación política debe seguir ampliándose, especialmente para quienes han sido históricamente excluidos. Es necesario que más personas jóvenes, con sensibilidad social, con raíces en los territorios, y con experiencia en el trabajo colectivo, asuman el reto de disputar con ideas los espacios donde se toman decisiones. No porque crea que las instituciones por sí solas transforman el país o que los movimientos sociales deben volverse partidos, sino porque creo que la democracia se defiende ocupando todos los espacios posibles. Se defiende con ideas, con apuestas colectivas, con prácticas coherentes que pongan en el centro la vida, la dignidad y la justicia. Porque creo que los espacios de participación, incluso los más pequeños, también deben ser disputados con ideas, con esperanza, con diversidad. La democracia se sostiene en las instituciones, pero se alimenta de las prácticas cotidianas. Y esas prácticas, a veces, necesitan entrar en la arena pública para mostrar que es posible otra forma de hacer política.
Aun así, sé que lo que viene será difícil. Si no bajamos el tono de la confrontación, si no hacemos un esfuerzo real por volver a hablarnos, las elecciones de 2026 estarán marcadas por el miedo, no por las ideas. Por el odio, no por los proyectos. Repitiendo este mismo clima de hostilidad. Y eso sería profundamente doloroso. No creo que el problema sea la diferencia política —esa es necesaria y legítima— así como tampoco creo que el problema sea solo la polarización; creo que es más profundo: hemos dejado de reconocernos como interlocutores válidos. No podemos seguir actuando como si cada desacuerdo fuera una guerra. Como si solo existiera una forma de amar al país. Como si el otro fuera una amenaza. Cuando decidimos desde el resentimiento, la democracia se vuelve un campo de batalla emocional. Y desde ahí, nada bueno puede florecer. Gritará más fuerte quien tenga más dinero para publicidad, más seguidores para viralizar, más maquinarias para movilizar. Y otra vez, perderemos la oportunidad de decidir con la cabeza y el corazón, no con las vísceras. No hay democracia sin la posibilidad de hablar, y para hablar hay que escuchar, ceder, aceptar que a veces no tenemos la razón.
En honor a la verdad, quiero decirlo con claridad: creo en la paz, creo en un país que pueda reconciliarse. Creo en la justicia social, en el respeto a las diversidades, en un modelo progresista que proteja el medio ambiente, que dignifique el trabajo, que reconozca los derechos de todas las personas. Creo, con convicción, en el proyecto político de quienes han dedicado su vida a defender la vida y a buscar la paz con sentido ético. En particular, y en relación con lo acontecido en esta semana, creo en la trayectoria y coherencia de Iván Cepeda. Y al mismo tiempo, estoy convencido de que estas creencias no deben alejarnos de los demás, sino acercarnos. No deben ser usadas para dividir, sino para proponer; proponernos un país en paz.
Esta semana fue histórica, no por el fallo en sí mismo, sino porque todos fuimos llamados —desde lugares distintos— a pensar en la verdad, en la justicia y en la posibilidad de reencontrarnos como país. No hay motivo para asumir las responsabilidades de otros como propias, ni para dejar que los hechos de la coyuntura rompan los lazos cotidianos que tejemos en nuestras relaciones humanas. Tenemos derecho a emocionarnos, a movilizarnos, a disentir. Pero no a atacar al otro por pensar distinto. No a fragmentar más esta sociedad herida. Si elegimos responder con rabia, si dejamos que nuestras palabras alimenten el desprecio o la exclusión, entonces sí seremos responsables —directa o indirectamente— de seguir agudizando las tensiones que ya incitan violencias. Y esa violencia, incluso cuando se disfraza de opinión o de ideología, es también una forma de ruptura que nos aleja de la paz.
Hoy, desde el lugar que habito —como ciudadano, como parte de una organización, como alguien que cree en la participación— hago una invitación a todos los sectores del país: volvamos a hablarnos. No en abstracto, sino con honestidad, con el reconocimiento de que la reconciliación que necesitamos no será fácil. Implicará verdad, justicia y reparación. Y en ese camino, volverá a doler. Porque sanar también duele. Pero si no estamos dispuestos a atravesar ese dolor con dignidad, ética, respeto y compromiso, seguiremos atascados en el resentimiento. Y un país que solo recuerda para vengarse, jamás podrá construir paz.


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