✍️ Luis Alberto Valderrama
Cuando era niño, mi abuela me contaba muchas historias. Ella ya era muy vieja, pero tenía buena memoria; cuando se me perdían mis carritos de juguete, siempre sabía dónde estaban y conocía perfectamente los nombres de sus ancestros que me repetía como si estuviera leyendo el capítulo de la Biblia sobre la genealogía de Jesús: Miguel engendró a Joseph, a Domingo y a Miguel de Bárbara; Joseph engendró a Rafael y a Estanislao de Baltazara; Estanislao engendró a Nicolás y a José Nazario de Rosalía, y Rafael engendró a María de Jesús y a Juan Martín de Ignacia… y así seguía hasta que llegaba a sus padres y a ella misma.
Cuando contaba historias, empezaba también como si fuera un relato bíblico. Por ejemplo, decía: «Vino una vez a nuestra casa una mujer de las tierras que duermen a los pies del nevado. Era muy pobre, venía sucia, flaca y traía un niño de la mano. Le dimos una aguadepanela con mogolla negra; comió con agradecimiento y nos habló así:
Mire, señora, lo que pasa es que puallá, aunque pobres, vivíamos tranquilos hasta que a los de arriba se les dio por eso de que no podíamos estar unidos, estar juntos; no querían aceptar que una vereda conservadora tuviera cerquita a las veredas liberales y mucho menos que un conservador se casara con una mujer liberal; por eso es que ese cuentico de que la gente se volvió loca de repente pa’matar a los del otro color yo no me lo creo. Eso fueron los de arriba que fueron sembrándole el odio a la gente con las balas pa’que después creciera solitico, mientras que en sus palacios sí se sentaban de los dos colores pa’cer sus fiestas.
A mi padre no le importaba que mi madre fuera conservadora, ¡ni entendían de eso! Apenas sabían que la familia de cada uno había sido siempre de cada partido: por ahí mi padre mencionaba que su abuelo había combatido con el general Gabriel Vargas Santos, pero nada más. Por eso, él la sacó del Palchacual sin pensarlo dos veces y terminó con mi madre en el rancho que le dejaron sus papás, ahí en el Carrizal. Al comienzo pensaron que se había voltiao y lo miraban raro, porque la gente del Carrizal era muy liberal, pero como él nunca discutía de política y mi madre ayudaba a tuel mundo, se olvidaron de eso o tal vez pensaron que mi mamá se había vuelto liberal. Yo me vine a enterar de que esos partidos existían cuando llegaron los amigos de mi madre. Venían del Palchacual escapando de los liberales de El Cocuy.
Luego supe que se habían emberracado por la trampa de Laureano pa’hacerse presidente. ¿No sabe de esa trampa? Pues resulta que el presidente que estaba, creo que era Ospina, cerró el Congreso y mandó a elecciones, pero sólo hubo un candidato, Laureano. ¡Imagínese! ¡Cómo no iba a ganar! Por eso, se emberracaron los liberales de El Cocuy, porque esas elecciones no fueron de verdá y se desquitaron con los del Palchacual, porque eran los conservadores que tenían más cerca. Quemaron casas y mataron mucha gente. Los amigos de mi madre le dijeron que no habían encontrado a su padre de ella. Tenían una hija muy linda, pequeñita. Yo trataba de jugar con ella, aunque no hablaba nada y tenía la cara como en suspenso porque no movía los ojos ni se reía de nada aunque yo le mostraba mi muñeca y le cantaba las canciones que mi mamá me cantaba antes de que yo entrara en la escuela donde me estaban enseñando a leer y a escribir en un pizarrón donde le dibujé animalitos y árboles para ver si se reía pero ni ansí reaccionaba hasta que me abrazó y me dijo que ella no se quería pintar de rojo como los otros niños. Ellos dijeron que no se iban a quedar mucho porque no querían darle problemas a mi padre; pero él les dijo que no importaba, y por la noche los llevó a una cueva cerca a la quebrada. La niña se quedó en el rancho con nosotros. A la madrugada siguiente me despertaron los aviones que volaban bajitico, zumbando como abejorros gigantes, y ahí mismo empecé a escuchar las explosiones. A lo lejos se veían algunas casas incendiadas; ¡Ya vienen los chulavitas!, gritó mi padre y me empujó con mi mamá y la niña para que nos fuéramos a la cueva. Se quedó con mi hermano. No los volvimos a ver. Unos dicen que los amarraron al rancho antes de incendiarla y otros que se fueron pa’los Llanos.
Los amigos de mi madre se quedaron con la niña en la cueva y nosotras escapamos a Rechiniga. Claro que como los chulavitas nos venían persiguiendo a los liberales, nos íbamos escondiendo entre las cuevas hasta que llegamos a la Salina, pero una mujer que pasaba le dijo a mi madre que nos separáramos del grupo, porque allá estaban los Villamarín, y eran a esos a los que querían agarrar los chulavitas con los aviones que les mandó el gobierno. Por eso, terminamos en Socha. Ahí viví en la casa de un primo lejano de mi madre, hasta que me preñó y su esposa me echó pa’la calle. Yo quiero saber, señora, si usted me puede dar trabajo, porque necesito plata pa’ir al llano porque me dijeron que mi hermano y mi padre se fueron pa’llá después del bombardeo. ¿Usted qué piensa, señora, será que los encuentro?
Yo no le contesté nada -continuó mi abuela- porque yo no sabía de eso. Lo que sí sé, mijo, es que todo eso es mentira. Porque, gracias a los conservadores, nosotros somos católicos, apostólicos y romanos, buenos cristianos. Y los cristianos no matan a sus prójimos porque eso es pecado. Es una historia entretenida, mijo, pero no se olvide que es una historia falsa».


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