La masacre: el acto fundacional del genocidio en Colombia La Huelga de las Bananeras

Lee la Segunda entrada de Luis Valderrama Aquí

La Huelga de las Bananeras: La Lucha por la Insurrección

Entre el olvido y el desconocimiento, la huelga tuvo un lugar destacado en las luchas obreras del siglo XX. Aunque todavía aparece como derecho fundamental en varias constituciones de América Latina, sus legisladores han logrado llevarla al límite de la inutilidad o la declara ilegal. La huelga quedó reducida, por lo menos en Colombia, a un cese pacífico de actividades laborales por motivos exclusivamente laborales o económicos, y sólo si es declarada por la asamblea de trabajadores después de haber intentado un arreglo directo. Pero no siempre fue así.


Así como muchos piensan que las manifestaciones de protesta de les oprimides son espontáneos brotes de inconformismo o ira, aislados y coyunturales, también hay una tendencia a interpretar a las represiones cómo casos aislados, productos de errores institucionales o súbitas expresiones de brutalidad particular. El recorrido de la entrega anterior evidencia lo contrario: no puede interpretarse correctamente una protesta, si no se la enmarca en su contexto político, económico y social, porque de allí brota. De la misma manera, las represiones se comprenden en toda su dimensión cuando recorremos los hilos que la entretejen a intereses más bastos, a objetivos que trascienden la pequeña plaza bañada de sangre en un pueblo remoto del Caribe.

Dos son las grandes líneas del poder que convergieron en Ciénaga aquellos funestos días de diciembre de 1928. Una viene del norte. Desde finales del siglo XIX, con la ocupación de EE.UU. en Cuba y Puerto Rico, se inicia un avance colonialista por las repúblicas del Caribe: toma del Canal de Panamá en 1903; segunda ocupaciónen Cuba, 1906; golpe a Zelaya en Nicaragua, 1906, y luego ocupación en 1912; ocupación en Haití, 1915; República Dominicana en 1916 y otra vez en 1924. Todo ello, acompañado por enclaves económicos, particularmente de la United Fruit Company o la Texas Oil Company, y de ingerencias directas sobre la política interna. Como el caso del Tratado Mallarino-Bidlack de 1846, mecanismo de intervención estadounidense en el que Estados Unidos obtiene amplios privilegios para utilizar el istmo de Panamá y la potestad para reprimir los conflictos allí (territorio que entonces era colombiano). Entre 1850 y 1902, Estados Unidos desembarca tropas e invade catorce veces el istmo.

La otra línea es interna. Desde las primeras décadas del siglo xx surge lo que Renan Vega denomina una “contrainsurgencia nativa”. Ante la emergencia y el crecimiento de las protestas y las organizaciones sociales, la oligarquía va construyendo un “enemigo interno” que moldea en torno al “comunista”.

En defensa de Dios, la patria, la familia y la propiedad, se exacerba el miedo a cualquier tipo de protesta porque encarna el peligro de la revolución comunista y, con ello, se legitima el uso de la violencia para contrarrestarla. Cinco trabajadores asesinados por la policía durante una huelga en Cartagena, 1918; diez trabajadores asesinados en Bogotá por la Guardia Presidencial durante una marcha pacífica contra el Gobierno de Marco Fidel Suárez. Unos años después, en 1928, Miguel Abadía Méndez, para lavarse las manos por la sangre que correrá, legaliza el terrorismo de Estado. El nombre de la Ley podría explicar por qué a los miembros del Ejército y la Policía ahora los llaman “héroes”: la famosa “Ley Heroica”, que prohíbe “la existencia de organizaciones que ataquen el derecho de propiedad y la familia, castiga a quienes promuevan huelgas “violatorias de las leyes que las regulan”, restringe el derecho de opinión, censura las publicaciones y se confina en colonias penales a todo individuo que promueva la publicación de los impresos prohibidos.”[2]

Lo que viene luego es la puesta en macrha del dispositivo represor, activado desde el norte por la doctrina Monroe, legalizado por la “Ley Heroica” y concretado por el Ejército Nacional. Veamos.

Desde los comienzos de la huelga, el ministro de Guerra, Ignacio Rengifo, venía recibiendo múltiples cartas de terratenientes y de la UFC urgiéndolo a tomar medidas en la zona. La presencia de barcos de guerra en las costas de Santa Marta parecía indicar que, si no se controlaba la situación, Estados Unidos intervendría directamente. Las acciones del Ejército, más allá de detener a algunos huelguistas, no habían conducido a la reactivación de la exportación de bananos; los barcos cargueros seguían inactivos y la UFC perdía dinero. Finalmente, se militariza la zona con un regimiento de soldados traídos de Antioquia porque los de la zona se habían unido a los huelguistas; el 5 de diciembre, el ministro Rengifo declara el estado de sitio en toda la zona bananera. El general Carlos Cortés Vargas, nombrado por el ministro Rengifo jefe militar y civil del departamento del Magdalena, comunica dos proclamas en que se ordena “la disgregación inmediata de grupos mayores de tres personas” y la de hacer fuego “sobre el grupo si fuere necesario”.

Ante la noticia de que el Gobierno arreglará las solicitudes del pliego, los huelguistas se concentran en Ciénaga el día 5; son casi cinco mil; la plaza está llena. La gente espera, no llega nadie, anochese, acampan en la plaza. Anochese. Cortés Vargas detiene al “Gobernador que venía a cumplir su misión, diciéndole que los huelguistas se habían rebelado, acababan de asaltar un barco, violar las puertas del mercado y estaban esperándolo para matarlo.”[3] Eduardo Mahecha, sobre un vagón, arenga: “Compañeros, ¡esto es un engaño! ¡Retírense a sus casas o al lado sur de Ciénaga porque acabamos de tener conocimiento de que se prepara un asesinato colectivo! ¡Vamos a ser abaleados!”[4] Una comisión de huelguistas viaja a Santa Marta. Cortés Vargas llega a la plaza. Trescientos hombres del ejército la rodean, obstruyen las salidas, instalan fusiles y ametralladoras. Se leen las proclamas del general. La gente responde con gritos que vienen de adentro, de abajo, de una tierra llena de raíces de plátano, abonada con el sudor y la sangre de los hijos de Benkos Biohó y de la Gaitana: ¡Viva la huelga! ¡Viva el socialismo revolucionario!  El Ejército amenaza: tres toques de corneta, si la gente no se retira, al tercero se abrirá fuego. Más: ¡Viva la huelga! ¡Viva Colombia!, la gente no se va. Segundo toque de corneta. La respuesta no cambia. Algunos huelguistas intentan contener a los soldados. Tercer toque de trompeta. Se grita ¡Fuego!

Eduardo Mahecha sintetizó en 1929:

El crimen recibió la condena que generalmente se aplica en Colombia, el ascenso: Carlos Cortés Vargas fue nombrado director de la policía nacional de Colombia el 7 de abril de 1929.

 María Tila Uribe señala que ese fue el “bautizo de fuego” de los trabajadores colombianos. Una marca que moldea la memoria, oscilando en espirales de lucha y represión, de una estirpe condenada a cien años de soledad, a menos que superemos la peste del insomnio.


[1] Vega, Renán, La dimensión internacional del conflicto social y armado en Colombia Injerencia de los Estados Unidos, contrainsurgencia y terrorismo de Estado. Revista Espacio Crítico, 1916. Disponible en: http://www.espaciocritico.com/sites/all/files/libros/chcv/chcv_vega.pdf

[2] Ibídem.

[3] Uribe, María Tila, Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la década del veinte. Cerec-Cestra, Santafé de Bogotá, 1994. P. 309.

[4] Ibídem.

[5] 1 Conferencia Comunista Latino Americana 1-12 junio 1929,  Séptima sesión 4 junio 1929. Disponible en: http://321ignition.free.fr/pag/es/lin/pag_009/1929_06_01-12_IC_CCLA_I_b_04_07.htm

✍️ Luis Alberto Valderrama

Deja un comentario