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Historias Falsas de mi Abuela II
En esta segunda entrega, la voz de la abuela da paso al relato de un campesino del Magdalena Medio que reconstruye la historia del sindicalismo, la persecución política, el anticomunismo y el surgimiento del paramilitarismo. Un testimonio que confronta la memoria popular con la versión oficial de los hechos.
Entre el olvido y el desconocimiento, la huelga tuvo un lugar destacado en las luchas obreras del siglo XX. Aunque todavía aparece como derecho fundamental en varias constituciones de América Latina, sus legisladores han logrado llevarla al límite de la inutilidad o la declara ilegal. La huelga quedó reducida, por lo menos en Colombia, a un cese pacífico de actividades laborales por motivos exclusivamente laborales o económicos, y sólo si es declarada por la asamblea de trabajadores después de haber intentado un arreglo directo. Pero no siempre fue así.
Según Archila[1], entre 1919 y 1945 se registraron 412 huelgas; en promedio, quince huelgas por año; el mayor pico en 1934 y 1935, con 38 huelgas en cada año. En 1928 un espectro recorría Colombia; la oligarquía temblaba ante la presencia inquietante de las ideas insurgentes que habían poseído a millones de trabajadores. La insurrección se vislumbraba cada vez más nítida en el horizonte.
En julio de 1928 se realizó en Bogotá la Asamblea Nacional del Socialismo Revolucionario; se decidieron tres aspectos fundamentales: crear las bases organizativas de la insurrección contra la dictadura civil de la hegemonía conservadora; acordar un levantamiento simultáneo con les insurgentes venezolanos, que buscaban derrocar al dictador Juan Vicente Gómez, y proyectar la huelga en la zona bananera, como centro neurálgico de la insurrección. El clima era favorable, así lo pensaban Ignacio Torres Giraldo, María Cano, Tomás Uribe Márquez y Raúl Eduardo Mahecha, sus principales líderes.
La Huelga de las Bananeras de 1928 no puede comprenderse aislada de este contexto de insurrección nacional; el vínculo con el Partido Social Revoluionario (PSR) no era nuevo: “Tomás conoció sobre el terreno la vida de los obreros a raíz de la huelga del año 24, invitado por los dirigentes; María Cano y Torres Giraldo habían fundado ligas campesinas; Mahecha iba sin descanso y Vanguardia Obrera, su periódico, era familiar entre los bananeros”.[2] Sin los bananeros y los ferroviarios, la insurrección fracasaría, por eso se decide enviar a Mahecha a la Zona para colaborar en la organización de la huelga y facilitar la articulación con otras huelgas del país. Mientras tanto, Uribe Márquez viaja a Chocontá a coordinar las operaciones con el grupo de Venezuela.
El 4 junio 1929, siete meses después de la huelga, Eduardo Mahecha participa en la I Conferencia Comunista Latinoamericana, en Buenos Aires, y allí cuenta lo que ocurrió con la huelga de las bananeras. En las actas que quedan de ese entonces se lee:
En pocas semanas, llegamos a organizar a 32.146 trabajadores. Comuniqué la noticia al compañero Castrillón y cuando este camarada vino, nos repartimos la dirección de la organización, partiendo el campo de la Compañía, en dos partes iguales. Contemporáneamente, comenzamos a preparar espiritualmente a los trabajadores, valiéndonos del periódico «Vanguardia Obrera» que editábamos por medio de una imprenta volante de mi propiedad -que antes me proporcionaba los medios de vida-, y luego de la huelga, fue destruida por las fuerzas contrarrevolucionarias, y destrozada lo mismo que todos los muebles.[3]
Mahecha explica cómo el plan consistía en tomar tres departamentos de Colombia para luego viajar a Bogotá y tomarla. La huelga se organizó en 60 distritos con su respectivas cabezas de huelga y suplentes. Con la consciencia de que la represión sería inevitable, se armaron más de mil trabajadores con machetes y revólveres. Compañeros de Mahecha se infiltraron en el Ejército para fraternizar con los soldados.
El 15 de noviembre de 1928 se declara la huelga y se toman los cuarteles; los soldados se declaran a favor de los huelguistas y entregan las armas. Los batallones que envían de Barranquilla también terminan fraternizando con la huelga y se conoce que todo está listo en esa ciudad y en Cartagena para la insurrección. Los dirigentes de la United Fruit Company (UFC) mandan cables a Washington solicitando intervención, Ciénaga está fuera de su control. Sigue Mahecha:
El comandante de la zona le comunicó al gobierno que no podía salir de la zona porque en realidad era prisionero nuestro. Le contesta el gobierno que si no se declaraba el estado de sitio y no reprimía la insurrección con energía, los Estados Unidos enviarían sus tropas y quedaría mal parado el ejército nacional. El día 5 de diciembre de 1928, se tuvo conocimiento en la ciudad de Ciénaga, que el gobierno nacional, de acuerdo con la poderosa empresa imperialista, suspendería las garantías constitucionales, declarando un estado de sitio a todo el departamento de Magdalena.[4]
Mientras tanto, en otras partes del país ocurría algo similar. En Tolima, el movimiento estuvo liderado por Soledad Herrera, Pedro Narváez e Higinio Forero, los sastres Jesús Talero y González, el carpintero Eduardo Reyes, el carnicero Gerardo Arango y un comerciante independiente, Faustino Arango; en San Vicente de Chucurí, uno de los líderes fue el exjuez Carlos Humberto Durán; en Girardot confluían revolucionarios de Huila, Bogotá y Tequendama. Sin embargo, la dirigencia en Bogotá, ante los informes de Mahecha, sentía que la huelga se había adelantado a sus planes[5], pero insistía en mantener la beligerancia. En respuesta a Mahecha, Uribe Márquez da las siguientes indicaciones:
…Ante las circunstancias presentadas corresponde a los trabajadores en huelga seguir la siguiente línea de conducta: no obteniendo reconocimiento de los reclamos pasados ni de las leyes y en vista de la actividad humillante del gobierno entregado virtualmente a la compañía yanqui, los huelguistas deben proceder a organizar la acción directa sorpresiva mediante el sabotaje de las comunicaciones de todo orden, la intervención forzada al trabajo de los rompehuelgas, la destrucción de zonas bananeras para impedir el corte y franca actitud defensiva sin que nada de esto implique conducta abierta de rebeldía en guerra, sino la modalidad de la propia defensa ante los desafueros que se están cometiendo.
El golpe final tarda en llegar. La captura de algunos de los insurgentes venezolanos hace dudar a la dirigencia bogotana. Da tiempo para que el gobierno conservador replantee su ataque. Pero del desenlace hablaremos en la próxima entrega, porque ahora se trata de la fuerza, de la beligerancia, de la esperanza y de la consciencia de un pueblo vivo, no de una masa. Ahí estuvo Josefa Blanco, “la obrera de los obreros”, secretaria del Sindicato de Orihueca, responsable de cien obreros; “con ellos vigilaba que no hubiera corte, se metía entre los guineales,[6] y no pocas veces emboscó y redujo a pequeños grupos de uniformados para llevárselos luego al Comité de Huelga, bien para sacarles información, para hacerles reflexionar si era del caso”, o Petrona Yance, “destacada dirigente de las 800 mujeres que participaron en la huelga: echaban machete a los cultivos para impedir el corte de esquiroles[7]; se movían por la Zona como enlaces; en sus canastos cubrían con almojábanas las herramientas utilizadas para descarrilar los trenes que transportaran tropa; repartían Vanguardia Obrera, El Obrero de Ciénaga y otro pequeño tabloide socialista”. El hijo del alcalde, el capellán, toda la población estuvo con la huelga.[8]
[1] Mauricio Archila Neira. Cultura e identidad obrera. Colombia, 1910-1945. Cinep, 1992
[2] Uribe, María Tila, Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la década del veinte. Cerec-Cestra, Santafé de Bogotá, 1994. P. 290.
[3] 1 Conferencia Comunista Latino Americana 1-12 junio 1929, Séptima sesión 4 junio 1929. Disponible en: http://321ignition.free.fr/pag/es/lin/pag_009/1929_06_01-12_IC_CCLA_I_b_04_07.htm
[4] Ibídem.
[5] Uribe, María Tila, Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la década del veinte. Cerec-Cestra, Santafé de Bogotá, 1994. P. 295.
[6] Terreno plantado de plátanos guineos.
[7] En 1855, los obreros de Manlleu, Cataluña, se declaran en huelga; los patronos traen trabajadores de un pueblo cercano, l’Esquirol. Desde entonces se usa la expresión “esquirol” para referirse a los trabajadores que no se unen a la huelga o a los rompehuelga.
[8] Ibídem, p. 306.
✍️ Luis Alberto Valderrama


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