Magdalena, Colombia, 1928
Las conmemoraciones de les oprimides suelen estar cubiertas por una bruma de escepticismo moderado, animadas por una música suave que no deja de recordar un luto perpetuo y, sobre todo, inflamadas por la nostalgia, nostalgia en su sentido más originario (nostos = regreso; algos = dolor), regresar, volver al dolor, al sufrimiento. Y, aunque sea patético, no podemos evitar ese regreso si, como dice el filósofo Walter Benjamin, la fuerza de les oprimides se nutre de la imagen de los antepasados esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados.[1] (Tesis XII).
Sin embargo, el recuerdo de esos antepasados esclavizados no vuelve exclusivamente a su sufrimiento, vuelve también a sus esfuerzos por dejar de serlo, a las luchas con las que se enfrentaron al dominador; incluye la actualización de ese pasado en nuestro presente porque, como un espejo, su evocación nos devuelve la imagen de nuestro propio sufrimiento y dominación, la imagen de nuestros propios esfuerzos y nuestras propias luchas.
Es lo que buscamos reflejar en estas tres entregas con las que queremos conmemorar, o sea, recordar con ustedes, a todes les trabajadores que han honrado a la humanidad para que su historia no sea sólo la historia de una gran infamia, sino la historia de quienes no quisieron sucumbir a ella.
Hubo un hombre que se paseó por las primeras décadas del siglo XX como si el tiempo fuera un recurso escaso, con una intensidad asombrosa; su nombre no figura en los manuales escolares y apenas se menciona su apellido en algunas enciclopedias de Historia; pero ese nombre es inseparable de una de las luchas más grandes que protagonizaron les obreres colombianes durante el siglo XX, la Huelga de las Bananeras. Tras su muerte, un diario enemigo escribió: “Con la muerte de Raúl Mahecha se extingue la vida de uno de los más renombrados organizadores del movimiento sindicalista y revolucionario del país en los últimos años […] un ciudadano que dio a la causa de los obreros y de la revolución, sus entusiasmos juveniles y su devoción por las reivindicaciones sociales”[2].
Raúl Eduardo Mahecha Caycedo nació el 13 de octubre de 1884 en el Guamo, Tolima. Participó en la Guerra de los Mil Días. Hacia 1904 trabaja de comerciante en la Costa Atlántica y se vincula a la Sociedad Obrera de Calamar. En 1911 participó en una huelga en el Huila contra una empresa británica, y en 1914, en Neiva, en un paro de braceros. Entre 1915 y 1916 estuvo en Estados Unidos conociendo las condiciones del movimiento obrero de ese país. En 1922 se radica en Barrancabermeja. Pronto se convirtió en líder de les trabajadores de la Tropical Oil Company. El 10 de febrero de 1923 funda en la clandestinidad la Unión Obrera o la Unión Obreros, la que luego se llamaría Unión Sindical Obrera (USO) y también el periódico que será su gran arma política, Vanguardia Obrera, que imprimía él mismo. Como si hablara para jóvenes periodistas independientes de redes sociales, declaró en 1919:
La necesidad que tiene el pueblo de una imprenta propia salta a la vista. No puede haber organización, ni lucha que lleve a la victoria, ni adelanto de ninguna especie, si el pueblo no posee una imprenta propia, en la cual pueda defender sus intereses, hacer valer sus derechos y poner de relieve la justicia de su causa. Pueblo que no habla es pueblo muerto. El mayor enemigo de los tiranos y especuladores es la prensa independiente. Por eso la odian, le temen, la persiguen. Debemos hacer un esfuerzo colectivo, que podría ser un pequeño sacrificio para cada uno, pero que traerá incontables beneficios. La imprenta es el principio de nuestra emancipación, el arma formidable que en la vida moderna esgrimen los pueblos conscientes sobre sus amos.[3]
En 1924 y 1927 lideró las primeras huelgas contra la compañía petrolera. La represión del gobierno conservador lo llevó a la cárcel de Tunja[4]. En 1928 llega a Magdalena para ayudar a organizar la huelga contra la United Fruit Company (UFC). Pero, ¿por qué fue al Magdalena? ¿Qué estaba pasando allí?
La UFC puede ser considerada la primera empresa mutinacional. Fundada en 1899, ha sido determinante en la economía y la política de América Latina, porque aún funciona, aunque con otro nombre, Chiquita Brands, (sí, la misma que fue condenada el año pasado por financiar el paramilitarismo en Colombia). La UFC construyó enormes plantaciones desde Guatemala hasta Colombia, incluyendo las islas del Caribe, como Cuba y Jamaica. Con una política invasiva y la complicidad de los gobiernos de turno, treinta años después ya se había apropiado de más de un millón de hectáreas, monopolizaba la producción y distribución del banano. “La UFC era la representante por excelencia del imperialismo estadounidense en América Latina”, pues tenía “al gobierno local en el bolsillo, controlaba la economía local de los países donde operaba y explotaba duramente a los trabajadores de las plantaciones”, escribió el historiador Marcelo Bucheli. El ejemplo más conocido fue el golpe de Estado que en 1954 derrocó al presidente Arbenz en Guatemala. La UFC no estuvo muy contenta con la expropiación de tierras que el nuevo gobierno adelantaba como parte de su reforma agraria, así que se unió con la CIA, que bombardeó Guatemala y puso a un presidente que velara por los intereses de la UFC.
En Colombia, las condiciones laborales de les trabajadores de la UFC eran un infierno. Según nos cuenta María Tila Uribe:
De veinticinco a treinta mil hombres se repartían las labores para hacer posible el cultivo y la exportación del banano: desmonte o desyerbe por hectáreas, luego el descepe; construcción de canales y acequias, irrigación de cultivos, corte, recolección de fruta, acarreo al ferrocarril y transporte de ahí a Santa Marta en catorce locomotoras y treinta vagones; finalmente meter el banano a los barcos. (…) La fruta mala se quedaba para el consumo interno. (…) De dieciséis, dieciocho y veinte horas diarias eran las jornadas a las que los obreros llevaban a sus niños para que ayudaran, A los niños no se les pagaba (sic), su trabajo quedaba incluido en el del padre; (…) víctimas por causa de picaduras de serpiente, cortaduras de machete, trozos de árboles. Los accidentes los atendían los propios trabajadores, aunque de su salario les descontaban el 12% para el mantenimiento de un hospital en Santa Marta. A veces a los moribundos les daban una boleta para el hospital por si alcanzaban a llegar. (…) la compañía pagaba $5,00 pesos por obrero al contratista; éste al subcontratista $3,50; éste al trabajador $2,00, equivalente al salario diario por el máximo de racimos cortados diariamente, y era tal la afluencia de gente para encontrar trabajo (de cien hombres treinta o cuarenta lo conseguían) que muchas veces el contratista se divertía con una suerte inhumana: hacía que su capataz corriera en una mula, si el aspirante a obrero corría a la par con el animal le daban el trabajo.[5]
(Una aclaración necesaria. Los datos anteriores corresponden a 1928, no confundir con condiciones similares de recolectores de café, de algodón o cortadores de caña del Valle del Cauca en la actualidad, es pura coincidencia.)
Sigamos. Un líder de la huelga de las bananeras, Sixto Ospina (1900-1940), comenta: “En los primeros años de la década de los 20, de una aldea (…) denominada Tenerife, (…) lugar de donde soy oriundo, partimos unos amigos corriendo la aventura, atraídos por el despertar de las actividades económicas de la United Fruit Company (… ) Allí nos concentramos; pasan los años y el trapiche de la United Fruit muele generaciones tras generaciones botando bagazos humanos, viejos prematuros, sobras de paludismo y de tuberculosis…”
La huelga no podía ser más legítima, pero la Unión Sindical del Magdalena aún era débil y a les obreres les faltaba un poco de experiencia en la organización. Sin embargo… Bueno, de la organización de la huelga hablaremos en la próxima.
[1] Benjamin, Walter, Tesis sobre la Historia. Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México, 2008. P, 49.
[2] El Tiempo. Bogotá: 28 de julio de 1940, p. 19
[3] Miguel Strogoff (Seudónimo de Raúl Eduardo Mahecha Caycedo). “La imprenta del pueblo”. En: El Luchador No. 103. Medellín: noviembre 18 de 1919. Administrador Escolástico Álvarez Vidal. Tomado de: José Yunis y Carlos Nicolás Hernández. Barrancabermeja. Nacimiento de la clase obrera. Bogotá: Tres Culturas Editores, 1986, p. 24.
[4] La información sobre la vida de Raúl Mahecha fue tomada del ensayo Raúl Eduardo Mahecha Caycedo (1884-1940), 80 años después, rememorando a un líder anfibio y tipógrafo rebelde de Rafael Antonio Velásquez Rodríguez. En: https://rebelion.org/autor/rafael-antonio-velasquez-rodriguez/
[5] Uribe, María Tila, Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la década del veinte. Cerec-Cestra, Santafé de Bogotá, 1994. P. 290.
✍️ Luis Alberto Valderrama


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