Después de ocho días de presencia en Buenaventura y de diálogo directo con las comunidades —especialmente con quienes votaron por el Pacto Histórico— recogí múltiples percepciones, cuestionamientos y preocupaciones que merecen ser escuchadas con atención y respeto.
Lo que se siente en el ambiente es una desilusión creciente. La mayoría expresa que este gobierno podría pasar por Buenaventura «sin pena ni gloria», sin dejar transformaciones reales en el territorio.
Los proyectos estratégicos no avanzan; el acueducto sigue sin mejoras sustanciales; el hospital opera en condiciones muy precarias; los centros de salud enfrentan una crisis profunda. En lo educativo, a pesar de ser Buenaventura un Distrito Etnoeducativo, los procesos parecen completamente paralizados.
A nivel social, la comunidad denuncia la ausencia de un marco jurídico sólido que respalde iniciativas capaces de transformar su realidad. Las Fuerzas Públicas hacen lo posible, pero la complejidad del contexto supera con creces su capacidad de respuesta.
También se percibe un vacío de liderazgo local: desde la comunidad se afirma que, en lugar de una alcaldía activa y articuladora, parece haber una gobernadora supliendo ese rol, lo cual contribuye a una descoordinación institucional y a una falta de representación efectiva.
Una de las mayores preocupaciones gira en torno al hospital local. A pesar de estar intervenido por el Gobierno Nacional, se denuncia que sigue bajo la influencia de un grupo conocido como “Los Espartanos”. La comunidad se pregunta cómo es posible que, en ese contexto, el hospital pueda incluso patrocinar eventos como un festival, generando dudas legítimas sobre el uso de los recursos públicos.
Las comunidades exigen respuestas claras: ¿Cuál es el compromiso concreto de cada ministerio con Buenaventura?, ¿Qué acciones reales y específicas están planificadas para este territorio?
Desde la percepción local, es el mismo gobierno quien estaría bloqueando o demorando la ejecución de proyectos claves. Se señala una profunda falta de voluntad política para atender de manera seria, comprometida y estructural las necesidades del puerto.
Una herida abierta que provoca indignación es el lenguaje con el que el presidente Gustavo Petro se ha referido en varias ocasiones al Pacífico colombiano, especialmente por la frase «negro matando negro». Las comunidades denuncian que jamás se utiliza una expresión similar para referirse a otros grupos étnicos —como «indígena matando indígena» o «mestizo matando mestizo»—, lo que refuerza imaginarios racistas, dañinos y estigmatizantes sobre el pueblo negro. Por ello, se hace un llamado urgente a transformar las narrativas: las palabras crean realidades, y es necesario nombrar con dignidad para construir con dignidad.
Finalmente, se advierte que la situación en las veredas es aún más crítica y dolorosa que en el casco urbano. A los problemas estructurales se suman el abandono estatal, la violencia constante y el olvido institucional.
Estas son las voces de quienes creyeron en el proyecto político del Pacto Histórico. Voces que, desde el dolor, pero también desde la esperanza, siguen esperando respuestas concretas, transformadoras y justas.
Entonces, a modo de llamado:
Es urgente que el Gobierno Nacional actúe con responsabilidad y ponga su accionar al servicio de la vida y la dignidad de estas comunidades. Que no mire para otro lado sino que asuma el compromiso real de garantizar condiciones de paz, justicia y bienestar.
Es urgente que los grupos armados cesen la violencia y dejen de sembrar guerra y muerte; que las campesinas y los campesinos puedan vivir en paz, cultivar la tierra, pescar, cosechar sus alimentos y sostener con dignidad a sus familias.
Es urgente que las niñas y los niños crezcan desde el sueño de Dios: en tranquilidad, jugando, aprendiendo, disfrutando de la belleza y la riqueza de su territorio, con una educación que forme para la vida y haga posible una existencia en abundancia.
En el tiempo de la Resurrección, esta realidad nos interpela como mujeres y hombres cristianos a sostener nuestras apuestas por la vida, desde la misma causa que movió a Jesús a entregar su vida por la dignidad de cada persona, especialmente de aquellas personas condenadas por el sistema de su tiempo a la pobreza y la exclusión.
Hoy, como ayer, estamos llamadas y llamados a seguir apostando por la vida; a no quedarnos en la indiferencia. A caminar juntas y juntos, tejiendo esperanza y construyendo justicia.


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