Más de medio siglo antes de las movilizaciones obreras del 1 de mayo de 1886, desarrolladas en Chicago, EEUU, el escritor alemán Johann Wolfgang Von Goethe escribió: «El que no sabe llevar su contabilidad por espacio de tres mil años se queda como un ignorante en la oscuridad y sólo vive al día»…
Avanzar hoy en medio de la violencia, la injusticia social y la horrible noche que no cesa, precisa tener la linterna de la historia a la mano para poder ver claramente la realidad que se nos presenta.
Así, desde EnREDados Colombia hemos querido brindar una recapitulación del pasado que toca, como ciudadanos/as del mundo, a la clase trabajadora, conmemorando de esta manera el día del y la trabajador/a.
Para empezar, recordemos la consigna bajo la cual unos 200.000 trabajadores/as se declararon en huelga contra los empresarios del Chicago gringo del 1 de mayo de 1886[1]: “Ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir y ocho horas para la casa», protestaban. Ellos y ellas, que eran de los primeros grupos en organizarse, debido a la participación pionera de los EEUU en la revolución industrial, exigían una reivindicación de su condición trabajadora, de modo que se les incluyera en la jornada horaria de ocho horas, legislada en la Ley Ingersoll, firmada por el presidente Andrew Johnson dieciocho años atrás. Dicha ley desconocía a los/as obreros/as industriales y favorecía sólo a empleados de oficinas federales y trabajadores de obras públicas, exceptuando solamente «casos absolutamente urgentes».

Aquí nos sacaron los ojos y allá, durante los días de huelga, los y las manifestantes fueron diana literal y figurativamente del establecimiento, el empresariado, la opinión pública e incluso uno de los sindicatos norteamericanos históricamente más importante: la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo.
Muestra de lo anterior fue pensar que una ley horaria que pudo haber sido digna tomó dieciocho años, vidas obreras arrebatadas y encarceladas y varios/as heridos/as en serlo; los intereses Industriales, en nombre de un progreso capitalista y un retroceso humanista cooptaron las instancias decisorias del Gobierno y la justicia; la prensa, también politizada, calificó las proclamas obreras de: «indignantes e irrespetuosas» o de «delirio de lunáticos poco patriota»; el periódico The New York Times repartido el 29 de abril de 1886 escribió que «(…)además de las ocho horas, los trabajadores van a exigir todo lo que puedan sugerir los más locos anarquistas»; y para rematar, los Caballeros del Trabajo ordenaron que ningún trabajador se manifestara en las fechas propuestas ya que no había sido una instrucción del gran sindicato; hecho al que los/as trabajadores/as respondieron movilizándose masivamente, con el ahínco de quien sufre la traición.
Así, la historia de este hecho emancipador llegó a su clímax tres días después de la primera manifestación (4 de mayo) cuando empezó una revuelta en la plaza de Haymarket y de en medio del tumulto fue lanzado un artefacto explosivo contra la policía. La violencia halló lugar y después del altercado inició, desde el establecimiento, un manipulado juicio, que tiempo después fue calificado de «ilegítimo y deliberadamente malintencionado»[2] y que condenó a muerte a cinco trabajadores y a penas de cárcel a otros tres. Hubieron también seis obreros muertos y varias decenas de heridos a manos de la policía que restaba a sus filas, conforme a algunas crónicas[3], a seis uniformados.
Ahora bien, si observamos a la luz del pasado la actualidad laboral nacional, pese a la distancia geográfica y temporal, no hay mucho trecho entre las formas capitalistas de tratar a las/os trabajadores aquí y allá.
Aquí en Colombia, 28 años después del manoseado juicio de los Mártires de Chicago, se conmemoró por primera vez el día del y la trabajador/a el 1°de mayo de 1914. Ese día dejó cosas que decir… Si bien se llevó a cabo un desfile que culminó en el barrio de La Perseverancia y por un acto filantrópico se obtuvo un espacio para levantar un monumento a los y las trabajadores/as, ese modo empresarial de «donar» terrenos para que los/as trabajadores/as pudiesen vivir frente a las fábricas fue y es simbólicamente cuestionable. Entendiendo que los terrenos pertenecían legalmente a los acaudalados se nos vienen a la cabeza las palabras de Facundo Cabral cuando en Ferrocabral narra la anécdota de que alguna privilegiada persona cuenta a alguien que ha donado unas tierras a los más pobres y desamparados y en eso el interlocutor le pregunta: «¿Donó o devolvió…?»
Que los empresarios cumplan las labores del Estado aunque suene a filantropía implica opresión. Esto bajo el entendido de que el Estado trabaja para el pueblo y este último es a su vez soberano y máxima autoridad, en cambio con las fábricas… los obreros trabajan para las manufacturas y es el patrón la absoluta autoridad que en su magnífica misericordia dona sus terrenos…
Algo más que mencionar respecto a la condición trabajadora del primer barrio obrero (La Perseverancia) es que su nombre fué en un inicio Altos de San Diego, luego Unión Obrera, y finalmente La Perseverancia, como se llamaba cuando era finca. El anterior cambio fue obra de la Junta Cívica con el fin de restar importancia a la Unión Obrera[4], sindicato que conmemoró el primer 1°de mayo. En cambio enaltecieron el nombre de la finca, a lo mejor para tener un manso gesto de gratitud para con los benefactores…
Y bueno, como medio no podíamos cerrar sin hablar de los medios. Para ello, con eso de que una imágen dice más que mil palabras observen, queridas lectoras y lectores, la siguiente imágen y pienses que en 1886 el Indianapolis Journal, el Chicago Tribune y hasta el mismo The New York Times, escribieron cosas como: «¡A la horca los brutos asesinos, rufianes rojos comunistas, monstruos sanguinarios, fabricantes de bombas, gentuza que no son otra cosa que el rezago de Europa que buscó nuestras costas para abusar de nuestra hospitalidad y desafiar a la autoridad de nuestra nación, y que en todos estos años no han hecho otra cosa que proclamar doctrinas sediciosas y peligrosas!»

El fantasma del comunismo, del que hablaba Marx, ese monstruo inventado para asustar a las y los niñas/os y que no salieran en la noche a ver la magnificencia de las estrellas se vino de parranda para latinoamérica y tuvo un hijo: el Castrochavismo.
[1] recogiendo lo que escribe Sadurní (2024)
[2] Según Rivers, J., Jameson, T., & Bates, V. (s. f.)
[3] Que nombra Alippe (2021)
[4] Colón y Mejía, 2019


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