Hoy, ¿Qué soñaste?

Parcialmente gris, con tonalidades ladrillo y cielos caídos, cambiantes y eufóricos. Siempre la observaba fría y distante, aunque su comportamiento nunca rayaba lo seco, sino que, por el contrario, descargaba sus penas y alegrías en la lluvia matutina y el rocío pesado que dejaba a su paso.

Al principio no me dio tregua a conocerla, por lo que el hábito me acostumbró a su caminar conmocionado y desordenado. Seguramente tampoco comprendía sus propias motivaciones, pero sin duda, creció con el afán de complacer, víctima de las expectativas de quienes la observaban y guiaban.

No decidió su destino, pero los sueños de sus habitantes fueron tejiendo los cimientos desde los restos que ya había dejado el despojo; una ciudad que fue construida por el espíritu de resistencia que pervivió en ellos y que aún sigue vigente en las redes de apoyo, donde la solidaridad y el reconocimiento del otro potencian el conocimiento popular.

Cuando fui consciente por primera vez de la existencia de un espacio común al que podía denominar territorio, ya había dejado mi anterior hogar, sin ningún rastro de exploración que me permitiera conocer los misterios de la localidad Rafael Uribe Uribe; la curiosidad del mundo aún era menor que mi tamaño, y con menos de siete años, no lograba escapar más allá de los muros de aquella casa verde que coincide con el río Tunjuelito. Sin embargo, la localidad de Kennedy se convirtió en mi hogar al enseñarme de a poco sus calles desde una cartografía que no tenía indicaciones sino por el contrario, una sed inmensa por recoger historias y memorias.

Iwoka “tierra sin mal”, se convirtió en poco tiempo en un espacio donde podía compartir libremente mis pensamientos e ideas mediante el arte, la danza y el teatro, los muros de la casa de la juventud de Kennedy se convirtieron en el tablero de aprendizaje en el que convergían las aspiraciones de una comunidad juvenil.

La pintura se esparció por sus paredes y las imágenes, bocetos y collages, inundaban la mirada, aunque contrariamente permitían el desahogue de la pesadez del ambiente capitalino, hacia la livianes que traía consigo la hermandad de los allí presentes.

Fue ahí donde conocí una realidad diferente del feminismo a través de un colectivo creado por los mismos jóvenes soñadores que iban diariamente después del colegio o los fines de semana, el Parche Feminista Soprano se convirtió en una extensión de la comunidad, un lugar seguro de aprendizaje independiente al género, la raza o cualquier tipo de discriminación.

Aunque no contaba con todos los recursos, podíamos ser partícipes de encuentros que incluían canelazo caliente en la misma terraza en la que crecía la huerta, nos reunimos en círculo a construir saberes mediante talleres y actividades artísticas que nos permitían sentarnos frente a un televisor pequeño para conocer los saberes e ideologías que cargaba el cine independiente e incluso desde el análisis de la palabra escrita que se encontraba en la biblioteca que en conjunto se había llenado.

Este territorio no era ladrillo ni cemento, fue entregado por la Alcaldía de Kennedy, pero la comunidad lo edificó desde la necesidad creativa y constructora que permitió que la líder Luz Betty Sedano, gestara iniciativas para fomentar el emprendimiento juvenil y nuevas oportunidades que transformaran la vida desde la dignidad y la formación en artes.

Escrito por: Alisson Hernández.
Comunicadora Popular Bacatá Resiste 2022

Deja un comentario